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Mensaje de Pablo VI: con Cristo luz del mundo y de la historia

Encuentro de Pablo VI y Oscar Romero, hoy beatos - RV

05/08/2017 08:00

(RV).- «La Transfiguración del Señor proyecta una luz deslumbrante sobre nuestra vida diaria y nos lleva a dirigir la mente al destino inmortal que este hecho esconde».

Con estas palabras empezaba la reflexión que el Papa Pablo VI había preparado para la cita mariana dominical del Ángelus del domingo 6 de agosto de 1978, y que la ya grave enfermedad le impidió pronunciar, falleciendo a las 21,40 de ese mismo día.

Catorce años antes, había elegido ese mismo día - 6 de agosto, de 1964,  Solemnidad de la Transfiguración del Señor Jesucristo - para firmar su primera encíclica, la «Ecclesiam suam».

«Saludamos en nombre de Cristo, deseando lo que el Señor ha dado al mundo: la paz, la certeza de la vida presente bendecida y de la vida eterna»

Recordamos al Beato Pablo VI con su misma voz en la audiencia general que celebró el 21 de junio de 1978, - un mes y medio antes de su muerte.

Entre los peregrinos presentes estaba el también futuro Beato Mons. Oscar Romero, a quien el Papa Montini saludó con gran y cordial aprecio. Dándole su bienvenida al Arzobispo de San Salvador, recordó que había tenido la alegría de recibirlo  también el año anterior, junto con otro Obispo salvadoreño, Mons. Arturo Rivera y Damas.

El Concilio Vaticano II: luz para nuestra historia, fue el tema de la catequesis de Pablo VI, para ese día que coincidía con el XV aniversario de su elección como Sucesor de Pedro.

Éstas fueron sus palabras en español:

«Amadísimos hijos e hijas:

El decimoquinto aniversario de nuestra elección a la Cátedra de Pedro nos obliga a decir unas palabras acerca de nuestra misión de guía supremo de la Iglesia.

¿Cuál es, hijos y hermanos, nuestro mensaje?

Éste, en consonancia con el de nuestros predecesores, ha buscado hacer visible la Iglesia en su realidad original, despojada de apariencias reales, radiante con una hermosura sobrehumana, inefable, que refleja con mayor claridad la presencia del Verbo encarnado. Es una perenne aurora que preanuncia la luz perfecta.

La Iglesia, coherente consigo misma, ha tratado de revestirse de formas que la definen de modo más sencillo y auténtico, iluminada por principios que buscan dar al rostro de la humanidad una fisonomía sobrehumana, en la unidad, la paz, la felicidad inicial, que se completará en Cristo.

La historia humana, con su bien y mal, nos hace ser optimistas, porque confiamos en los dones de la naturaleza, vistos a la luz del designio divino.

Finalmente, nuestro pensamiento dominante, nuestro programa, ha sido llevar a la práctica el Concilio Vaticano II. Seamos fieles a este acontecimiento.

El amor a la Iglesia nos haga lámparas en la historia, con la esperanza en el más allá.

Con nuestra bendición apostólica».

(CdM – RV)

05/08/2017 08:00