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Papa: actualidad del mensaje de Don Mazzolari, el párroco y su servicio al Señor y al pueblo de Dios

El Papa Francisco reza ante la tumba de Don Mazzolari - REUTERS

20/06/2017 11:20

(RV).- Ante la tumba de Don Primo Mazzolari, en Bozzolo empezó hoy la peregrinación del Papa para luego proseguir hasta el cementerio de  Barbiana y rezar ante Don  Lorenzo Milani:

«Hoy he peregrinado aquí, Bozzolo y luego a Barbiana, siguiendo los pasos de dos párrocos que han dejado una huella luminosa, por cuanto ‘incómoda’, en su servicio al Señor y al pueblo de Dios. He dicho tantas veces que los párrocos son la fuerza de la Iglesia en Italia. Cuando son los rostros de un clero no clerical, ellos dan vida a un verdadero ‘magisterio de los párrocos, que hace tanto bien a todos. Don Primo Mazzolari ha sido definido ‘el párroco de Italia’. Y San Juan XXIII lo saludó como ‘torbellino del Espíritu Santo en la baja padania».

Tras hacer hincapié en la personalidad sacerdotal de Don Primo Mazzolari, que ha querido proponer a todos los párrocos de Italia y del mundo, arraigada en «la rica tradición cristiana de esa tierra padana, lombarda y cremonesa, el Obispo de Roma meditó sobre la actualidad de su mensaje, que puso simbólicamente con el telón de fondo de tres escenarios, típicos de esa zona de Italia, que cada día llenaban sus ojos y su corazón: el río, el cortijo y la llanura.

Con la imagen del río, el Papa recordó el ministerio de Don Mazzolari, su predicación embebida en la Palabra del Dios vivo, en el Evangelio meditado y rezado, reflejado en el Crucificado y en los hombres:

«Su profecía se realizaba en el amar su propio tiempo, enlazando su corazón a la vida de las personas que encontraba, percibiendo toda posibilidad para anunciar la misericordia de Dios. Don Primo Mazzolari no fue uno que vivía lamentando la Iglesia del pasado, sino que intentó cambiar la Iglesia y el mundo a través del amor apasionado y la entrega incondicional».

Con la imagen del cortijo, el Santo Padre hizo hincapié en las viviendas de campaña que reunían a las familias campesinas y la mirada misericordiosa y evangélica sobre la humanidad del párroco Mazzolari. Y en el marco de la imagen de la gran llanura, el Papa reiteró que Jesús prepara a sus discípulos conduciéndolos entre la multitud, en medio de los pobres, donde se encarna la misericordia de Dios:

«Ante la caridad pastoral de Don Primo se abrían diversos horizontes, en las complejas situaciones que tuvo que afrontar: guerras, totalitarismos, enfrentamientos fratricidas, la fatiga de la democracia en gestación, la miseria de su gente. Los aliento, hermanos sacerdotes, a escuchar al mundo, que vive y obra, para hacerse cargo de toda solicitud de sentido y de esperanza, sin temer atravesar desiertos y zonas de sombra. Así podemos ser Iglesia pobre para y con los pobres, la Iglesia de Jesús»

El Siervo de Dios Primo Mazzolari «vivió como cura pobre, no como un pobre cura», señaló también el Papa Francisco, recordando el testamento espiritual de este párroco y su amor a los pobres:

«Queridos amigos les agradezco por haberme acogido hoy en la parroquia de Don Primo. Enorgullézcanse por haber generado ‘curas así’ y no se cansen de llegar a ser también ustedes ‘curas y cristianos así, aunque ello requiera luchar con uno mismo, llamando por su nombre las tentaciones que nos insidian dejándonos sanar por la ternura de Dios».

(CdM – RV)

Texto completo del discurso del Papa:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Me han aconsejado que acorte un poco este discurso porque es un poco larguito. He tratado de hacerlo, pero no lo logré. Me venían tantas cosas, de aquí y de allá. ¡Ustedes tengan paciencia! No, porque no quisiera dejar de decir todo aquello que quiero decir sobre don Mazzolari.

Soy peregrino aquí, en Bozzolo, y después en Barbiana, siguiendo los pasos de dos párrocos que han dejado una huella luminosa, aunque “incómoda”, en su servicio al Señor y al pueblo de Dios. He dicho varias veces que los párrocos son la fuerza de la Iglesia en Italia, y lo repito.  Cuando son los rostros de un clero no clerical, como era este hombre,  ellos dan vida a un verdadero “magisterio de los párrocos”, que hace tanto bien a todos. Don Primo Mazzolari ha sido definido “el párroco de Italia”; y San Juan XXIII lo saludó como “la trompeta del Espíritu Santo en la Baja Padana”. Creo que la personalidad sacerdotal de Don Primo sea no una singular excepción sino un espléndido fruto de vuestras comunidades, si bien no haya sido comprendido y apreciado siempre. Como dijo el Beato Pablo VI: “¡Caminaba adelante con una paso demasiado largo y a menudo no se le podía estar atrás! Y así, él sufrió y hemos sufrido también nosotros. Es el destino de los profetas”. (Saludo a peregrinos de Bozzolo y Cicognara, 1 mayo 1970). Así decía Pablo VI.

Su formación es hija de la rica tradición cristiana de esta tierra padana, lombarda, cremonesa. En los años de la juventud, fue impresionado por la figura del gran obispo Geremia Bonomelli, protagonista del catolicismo social, pionero de la pastoral de los emigrantes. No corresponde a mí relatar o analizar la obra de don Primo. Agradezco a quien, a través de los años, se ha dedicado a esto. Prefiero meditar con ustedes - sobre todo con mis hermanos sacerdotes que están aquí, y también con aquellos de toda Italia: por esto el “párroco de Italia” - meditar la actualidad de su mensaje, que pongo simbólicamente en el marco de tres escenarios que cada día llenaban sus ojos y su corazón: el río, la granja y la llanura.

El río es una imagen espléndida, que pertenece a mi experiencia y también a la vuestra. Don Primo desarrolló su ministerio a lo largo de los ríos, símbolos de la primacía y de la potencia de la gracia de Dios que fluye incesantemente hacia el mundo. Su palabra, predicada o escrita, extraía clareza de pensamiento y fuerza persuasiva en la fuente de la Palabra del Dios vivo, en el Evangelio meditado y rezado, reencontrado en el Crucifijo y en los hombres, celebrado en gestos sacramentales jamás reducidos a puro rito. Don Mazzolari, párroco en Cicognara y en Bozzolo, no se resguardó del río de la vida, del sufrimiento de su gente, que lo plasmó como pastor franco y exigente, sobre todo con sí mismo. A lo largo del río aprendía a recibir cada día el don de la verdad y del amor, para volverse mensajero fuerte y generoso. Predicando a los seminaristas de Cremona, recordaba: “El ser un ‘repetidor’ es nuestra fuerza. ¡Pero entre un repetidor muerto, un altoparlante y un repetidor vivo existe una gran diferencia! El sacerdote es un repetidor, pero este ‘repetir’ suyo no debe ser sin alma, pasivo, sin cordialidad. Junto a la verdad que repito, debe haber, debo poner algo mío, para hacer ver que creo en lo que digo; debe ser hecho de manera que mi hermano sienta una invitación a recibir la verdad”. Así decía él. Su profecía se realizaba en el amar el propio tiempo, en el vincularse a la vida de las personas que encontraba, en el aprovechar toda posibilidad de anunciar la misericordia de Dios. Don Mazzolari no ha sido uno que ha añorado la Iglesia del pasado, sino que ha buscado cambiar la Iglesia y el mundo a través del amor apasionado y la dedicación incondicionada.

En su escrito ‘La parroquia’ él propone un examen de conciencia sobre métodos del apostolado, convencido que las faltas de la parroquia de su tiempo fueran debidas a un defecto de encarnación. Existen tres caminos que no conducen en la dirección evangélica: el camino del “dejar hacer”, que es aquella de quien está en la ventana a mirar sin ensuciarse las manos. Aquel “balconear” la vida. Nos conformamos con criticar, con “describir con placer amargo y altanero los errores” del mundo que nos rodea. Esta actitud tranquiliza la conciencia, pero no tiene nada de cristiano porque lleva a mantenerse afuera, con espíritu de juicio, a veces áspero. Falta la capacidad propositiva, una aproximación constructiva a la solución de los problemas.

El segundo método errado es aquel del “activismo separatista”.  Nos comprometemos en crear instituciones católicas (bancos, cooperativas, círculos, sindicatos, escuelas…). Así su fe se hace operosa, pero – advertía Mazzolari – puede generar una comunidad cristiana elitista. Se favorecen intereses y clientelas con una etiqueta católica. Y sin quererlo, se construyen barreras que corren el riesgo de volverse insuperables en el surgir de la solicitud de fe. Se tiende a afirmar lo que divide con respecto a aquello que une. Es un método que no facilita la evangelización, cierra puertas y genera desconfianza.

El tercer error es el “sobrenaturalismo deshumanizante”. Nos refugiamos en lo religioso para soslayar las dificultades y las desilusiones que se encuentran. Nos enajenamos del mundo, verdadero campo del apostolado, para preferir devociones. Es la tentación del espiritualismo. De ello deriva un apostolado débil, sin amor. “Los alejados  no se pueden interesar con una oración que no se vuelve caridad, con una procesión que no ayuda a llevar las cruces de la hora”. El drama se consume en esta distancia entre la fe y la vida, entre la contemplación y la acción.

Segundo: la granja. Al tiempo de don Primo, era una “familia de familias”, que vivían juntas en estas fértiles campiñas, aun sufriendo miserias e injusticias, en espera de un cambio, que después terminó en el éxodo hacia las ciudades. La granja, la casa, nos dan una idea de Iglesia que guiaba don Mazzolari. También él pensaba en una Iglesia en salida, cuando meditaba para los sacerdotes con estas palabras: “Para caminar es necesario salir de casa y de la Iglesia, si el pueblo de Dios no viene más; y ocuparse y preocuparse también de aquellas necesidades que, aun no siendo espirituales, son necesidades humanas y, así como pueden perder al hombre, lo pueden también salvar. El cristiano se ha separado del hombre, y nuestro hablar no puede ser entendido si antes no lo introducimos por este camino, que parece el más lejano y es el más seguro. [...] Para hacer mucho es necesario amar mucho”.  Así decía vuestro párroco.

La parroquia es el lugar donde cada hombre se siente esperado, “un hogar que no conoce ausencias”. Don Mazzolari ha sido un párroco convencido que “los destinos del mundo se maduran en periferia” y ha hecho de la propia humanidad un instrumento de la misericordia de Dios, a la manera del padre de la parábola evangélica, tan bien descrita en el libro “La más bella aventura”.

Él ha sido definido justamente “el párroco de los alejados” porque los amó y buscó siempre, se preocupó no de definir sentado un método de apostolado válido para todos y para siempre, sino de proponer el discernimiento como camino para interpretar el ánimo de cada hombre. Esta mirada misericordiosa y evangélica sobre la humanidad lo llevó a dar valor también a la necesaria gradualidad: el cura no es uno que exige la perfección sino que ayuda a cada uno a dar lo mejor.  Decía: “Conformémonos de lo que pueden dar nuestras poblaciones. ¡Tengamos sentido común! No debemos masacrar las espaldas de la pobre gente”. Yo quisiera repetir esto, y repetirlo a todos los sacerdotes de Italia y también del mundo: ¡tengamos sentido común! ¡No debemos masacrar las espaldas de la pobre gente! Y si por estas aperturas, venía llamado a la obediencia, lo vivía en pie – la obediencia – como adulto, como hombre, y contemporáneamente  de rodillas, besando la mano de su obispo, que no dejaba de amar.

El tercer escenario – el primero era el río, el segundo la granja – el tercer escenario es aquel de vuestra gran llanura. Quien ha acogido el “Discurso de la montaña” no teme ir más allá, como viandante y testigo, en la llanura que se abre, sin confines aseguradores. Jesús prepara a esto a sus discípulos, conduciéndolos entre la muchedumbre, en medio de los pobres, revelando que la cumbre se alcanza en la llanura, donde se encarna la misericordia de Dios (cfr. Homilía para el Consistorio, 19 noviembre 2016). A la caridad pastoral de Don Primo se abrían diversos horizontes, en las complejas situaciones que tuvo que afrontar: las guerras, los totalitarismos, los enfrentamientos fratricidas, la fatiga de la democracia en gestación, la miseria de su gente. Los aliento, hermanos sacerdotes, a escuchar al mundo, a quien vive y obra en él, para que se hagan cargo de toda solicitud de sentido y de esperanza sin temer atravesar desiertos y zonas de sombra. Así podemos volvernos Iglesia pobre para y con los pobres, la Iglesia de Jesús. Aquella de los pobres es definida por don Primo una “existencia incomoda” y la Iglesia tiene necesidad de convertirse al reconocimiento de su vida para amarlos así como son: “Los pobres – decía – deben ser amados como pobres, es decir como son, sin hacer cálculos sobre su pobreza, sin pretensión o derecho de hipoteca, ni siquiera aquella de hacerlos ciudadanos del reino de los cielos, mucho menos proselitistas”. ¡Él no hacía proselitismo. ¡Él no hacía proselitismo porque esto no es cristiano! El Papa Benedicto XVI nos ha dicho que la Iglesia, el cristianismo, no crece por proselitismo, sino por atracción, es decir, por testimonio.

Es lo que don Primo Mazzolari ha dado: testimonio. El Siervo de Dios ha vivido como sacerdote pobre, no como pobre sacerdote: hay una diferencia. En su testamento espiritual escribía: “Entorno a mi Altar como entorno a mi casa y a mi trabajo no hubo nunca “sonido de dinero”. Lo poco que pasó por mis manos fue donde debía ir. Si pudiera tener una amargura sobre este punto, concerniría a mis pobres y a las obras de la parroquia que hubiera querido ayudar ampliamente”.

Había meditado profundamente sobre la diversidad de estilo entre Dios y el hombre: “El estilo del hombre: con mucho hace poco. El estilo de Dios: con nada hace todo”. Por esto la credibilidad del anuncio pasa a través de la sencillez y la pobreza de la Iglesia: “Si queremos volver a traer a la pobre gente a su Casa, es necesario que el pobre encuentre el aire del Pobre”, es decir, de Jesucristo.  

En su escrito “El vía crucis del pobre”, don Primo recuerda que la caridad es cuestión de espiritualidad y de mirada. Así dice: “Quien tiene poca caridad ve pocos pobres, pero quien tiene mucha caridad ve muchos pobres; quien no tiene nada de caridad no ve a nadie”. Y agrega: “Quien conoce al pobre, conoce al hermano: quien ve el hermano ve a Cristo, quien ve a Cristo ve la vida y su verdadera poesía, porque la caridad es la poesía del cielo traída a la tierra” .

Queridos amigos, les agradezco por haberme recibido hoy, en la parroquia de don Primo.

A ustedes y a los obispos les digo: “Sean orgullosos por haber generado ‘sacerdotes así’, y no se cansen de volverse también ustedes ‘sacerdotes y cristianos así’, aun si esto provoca luchar con sí mismos, llamando por nombre a las tentaciones que nos insidian, dejándonos curar por la ternura de Dios. Si se dieran cuenta que no han recibido la lección de don Mazzolari, hoy los invito a que la atesoren. Que el Señor, que ha suscitado siempre en la santa madre Iglesia pastores y profetas según su corazón, nos ayude hoy a no ignorarlos todavía. Porque ellos han visto lejos, y seguirles nos habría ahorrado sufrimientos y humillaciones. Tantas veces he dicho que el pastor debe ser capaz de ponerse delante del pueblo para indicar el camino, en medio como signo de cercanía o atrás para alentar a quien se ha quedado atrás. (cfr. Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 31).

Y don Primo escribía: “Donde veo que el pueblo resbala hacia bajadas peligrosas, me pongo atrás; donde es necesario subir, me pongo adelante. Muchos no entienden que es la misma caridad que me mueve en uno o en otro caso y que nadie la puede hacer mejor que un cura”.

Con este espíritu de comunión fraterna, con ustedes y con todos los sacerdotes de la Iglesia en Italia, con aquellos buenos párrocos, quisiera concluir con una oración de don Primo, párroco enamorado de Jesús y de su deseo de que todos los hombres tengan la salvación.

Así rezaba don Primo: “Has venido para todos: para aquellos que creen y para aquellos que dicen que no creen. Los unos y los otros, a veces estos más que aquellos, trabajan, sufren, esperan para que el mundo vaya un poco mejor. Oh Cristo, has nacido ‘fuera de la casa’ y has muerto ‘fuera de la ciudad’, para ser de manera todavía más visible el cruce y el punto de encuentro. Nadie está fuera de la salvación, oh Señor, para que nadie esté fuera de tu amor, que no se consterna ni se reduce por nuestras oposiciones y nuestros rechazos”.

Y ahora les daré la bendición. Recemos a la Virgen, primero, que es nuestra Madre: sin Madre no podemos seguir adelante.

Ave María…

(Traducción de María Cecilia Mutual – Radio Vaticana)

20/06/2017 11:20