Leer el artículo Menú

Social:

RSS:

Radio Vaticano

La voz del Papa y de la Iglesia dialogan con el mundo

otros idiomas:

Profundización \ Espiritualidad

¡No nos olvidemos de los pobres!, reflexiones bíblicas de Mons. Fernando Chica

Tormenta de polvo en Allahabad (India). - REUTERS

28/02/2017 17:41

En el antepenúltimo programa «Tu palabra me da Vida», Monseñor Fernando Chica Arellano - observador permanente de la Santa Sede ante los organismos de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en Roma-, reflexiona acerca de los pobres y los descartados por la sociedad a partir del Evangelio según San Lucas: "En aquel tiempo fue Jesús a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy»” (Lucas 4,16-21).

Tal y como lo hemos escuchado, ante sus paisanos, Cristo mostró cuáles iban a ser las prioridades de su ministerio. Sirviéndose de las palabras del profeta Isaías, Jesús puso como centro de su atención a los que no cuentan. Ciertamente, Cristo no dejó a nadie atrás, pero se dedicó privilegiadamente a los descartados por la sociedad, a los lejanos y a quienes eran menospreciados. Cristo vino a este mundo a anunciar a todos, pero en especial a los que sufren, el Evangelio. Con su palabra, y antes aun con el ejemplo de su vida, Jesús manifestó abiertamente que Dios nos ama sin límites y que este amor puede redimirnos de lo que nos esclaviza y ofusca, de lo que nos entristece y subyuga.

El programa de acción de la Iglesia, nuestro programa de vida, no puede ser diferente del que enunció Jesús en la sinagoga de Nazaret. Si Cristo se volcó particularmente con los pobres y a ellos les dio un amor preferencial, nosotros no podemos quedar indiferentes ante los problemas de los menesterosos e indigentes. No podemos orillarlos. ¿Qué comporta esto?

En  el Ángelus del 24 de enero de 2016, el Papa Francisco nos dijo que, evangelizar a los pobres, “significa, antes que nada, acercarlos, tener la alegría de servirles, liberarlos de su opresión, y todo esto en el nombre y con el Espíritu de Cristo, porque es Él el evangelio de Dios, es Él la misericordia de Dios, es Él la liberación de Dios, es Él que se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza”.

Podríamos preguntarnos ahora: ¿Cuál es mi actitud ante los más vulnerables, ante los desfavorecidos y avasallados de este mundo? ¿Me comporto con ellos como lo hizo Jesús? Con los que tienen rota su vida y herido su corazón, ¿tengo los mismos gestos de amor y ternura, de paciencia y solidaridad que Cristo tuvo con ellos?

¡No nos olvidemos de los pobres! Para ello, acojamos la urgente invitación que el 30 de diciembre de 2015 dirigía el Santo Padre a los participantes en el “Foro económico mundial”, que se celebraba en la ciudad suiza de Davos. A los allí congregados, y también a cada uno de nosotros, el Obispo de Roma nos anima a no dejarnos anestesiar por la cultura del bienestar, que nos vuelve “incapaces de «compadecernos ante los clamores de los otros, de no llorar ante el drama de los demás ni de interesarnos de cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe» (EG, 54). Llorar por la miseria de los demás no significa sólo compartir sus sufrimientos, sino también y sobre todo, tomar conciencia que nuestras propias acciones son una de las causas de la injusticia y la desigualdad. «Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo» (MV 15)”.

Señor Jesús, danos un corazón magnánimo como el tuyo, un corazón rebosante de compasión, sensible y solidario con las necesidades de quienes comparten con nosotros el camino de la vida.

(Mireia Bonilla para RV)

28/02/2017 17:41