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Profundización \ Espiritualidad

"Rema mar adentro", reflexiones bíblicas de Mons. Fernando Chica

Papa Francisco visita un campo de refugiados en Bangui durante su viaje a la República Centroafricana - REUTERS

09/02/2017 15:29

Con un pasaje del Evangelio según San Lucas, Monseñor Fernando Chica Arellano reflexiona en el programa "Tu Palabra me da Vida" de esta semana acerca del hambre en el mundo: “En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: ‘Rema mar adentro, y echad las redes para pescar’” (Lucas 5,1-4).

 

En estas palabras dirigidas por Jesús a Pedro, encontramos la llamada del Señor a adentrarnos en nuestro mundo, en el futuro, como un compromiso de la Iglesia entera al servicio de Dios, que conlleva la ayuda a los hombres, entre los que se incluyen, de manera especial, los hambrientos. Tenemos que ayudarlos y no de manera superficial. Hemos de hacerlo con hondura, sin quedarnos en los bordes de su problema, sino adentrándonos hasta el fondo de su dolor y sus miedos, de su impotencia y amargura, para sacarlos de esa marea de la angustia y llevarlos a las playas hermosas de la solidaridad y la justicia, de la dignidad y la plenitud de vida.

En el mundo son unos ochocientos millones de personas las que experimentan el azote del hambre. Muchos de ellos son niños y mujeres, que ven cómo sus días pasan bajo esa nube oscura y mortecina de no tener nada que llevarse a la boca. Viven una triste realidad que merma su presente y desdibuja su futuro. El hambre nos habla de una necesidad urgente en muchas personas; de un vacío que les impide realizarse debidamente. Hablar de hambre es hablar de unas vidas que están terriblemente amenazadas y preteridas.

No se puede decir, en pleno siglo XXI, que existen ochocientos millones de hambrientos sin que te den ganas de llorar y gritar. Las del hambre son cifras vergonzantes, escandalosas e hirientes. Pero aunque sólo fuera una persona la que careciera de lo más elemental para vivir, ya nos encontraríamos ante una enorme injusticia. Una sola agonía producida por el hambre, un solo estómago hinchado por el hambre... tendría que ser suficiente para que tocase nuestro corazón y lo sacara de esa mediocridad que tantas veces nos anquilosa y evade, nos aísla e insensibiliza.

Hoy, Jesús nos dice a ti y a mí: ‘Rema mar adentro’. No mires a los pobres desde la distancia de tu comodidad, no te quedes lejos de ellos. Adéntrate en su vida. Hoy Cristo se dirige a ti y a mí, diciéndonos: “Sé sensible ante el hambre de pan y ante la sed; ante la necesidad de justicia”.

Para ayudarnos a ayudar a los que sufren, son muy oportunas unas palabras de San Juan Pablo II, escritas en su Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz, del 1 de enero de 1998. Decía el santo pontífice: “En definitiva, el desafío consiste en asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al margen. He aquí un evidente deber de justicia, que comporta notables implicaciones morales en la organización de la vida económica, social, cultural y política de las Naciones”.

Que nadie que sufra, que ningún indigente quede al margen de nuestra caridad. Nadie, ni siquiera uno. Que lo mismo que los pobres ocupan en el corazón de Dios un lugar preferencial, igual lo ocupen en el nuestro. A este respecto, el Papa Francisco, en la exhortación Evangelli Gaudium, nos recuerda que “sin la opción preferencial por los más pobres, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día” (n. 199).

Que los necesitados nos hagan descubrir la posibilidad de llevar una vida más sobria, menos derrochadora, más generosa, menos caprichosa, más sencilla y menos consumista. No se trata de acumular más, sino de repartir mejor. El amor social, la solidaridad ha de llegar a ser un estímulo para el trabajo y un apartado real en las previsiones económicas. Mientras tanto, volvamos a escuchar la Palabra de Cristo:  “Rema mar adentro”. Que nuestra respuesta sea: “Lo haremos, Señor, lo haremos. Aquí estamos, mándanos, queremos servir, compartir fe, amor, vida y bienes”.

(Mireia Bonilla para RV)

09/02/2017 15:29